El bosque del horror: las fosas de los 800 niños de Tarnow asesinados por los nazis

La búsqueda entablada en Polonia por encontrar fosas comunes es un trabajo que no ha tenido fin, a pesar de que la Segunda Guerra Mundial acabó hace 73 años. La cantidad de judíos detenidos y ejecutados por los nazis no ha terminado de contabilizarse…

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En los bosques de Buczyna se esconden terribles verdades sobre los lugares donde los judíos eran enterrados. En una última investigación, la utilización de un georadar ayudó a determinar ciertas zonas que no fueron desenterradas en las décadas pasadas.

El historiador Adam Ryba, director de la Biblioteca Pública Municipal en Zglobicach, señala la dificultad de hacer las exploraciones debidas, por falta de medios técnicos para encontrar, limpiar y preservar el material arqueológico buscado. Además la Comisión Rabínica, no permite desenterrar las tumbas ni exhumar los cuerpos. Las investigaciones han tenido que enfocarse en las fuentes escritas, en los vídeos y las fotografías alemanas para desentrañar los lugares donde se encontraron los cuerpos torturados de los judíos.

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La masacre en Tarnow

Tarnow era una pequeña ciudad polaca con una vida cotidiana tranquila, una vida de provincias. Sus habitantes reían, lloraban, trabajaban, se divertían. Se enamoraban, se peleaban. Cada uno tenía su oficio. Había sastres, relojeros, zapateros, médicos, policías, artistas y abogados. Pero el ritmo y la historia de la ciudad se modificó, como todo, cuando los atravesó la Segunda Guerra Mundial.

Ya nada volvería a ser lo mismo. La invasión alemana se hizo sentir con la persecución a los judíos. El método nazi siempre fue el mismo: primero la reclusión en un gueto y luego la Solución Final. La policía impedía la entrada de víveres, los hombres tenían que ver como los alemanes violaban a sus mujeres e hijas. Tenían que soportar la sed y el hambre. Podían morir simplemente porque un alemán podía disparar por su cuenta. Todos ellos fueron martirizados si piedad.

Los habitantes de Tarnow fueron trasladados a unos diez kilómetros de su pueblo, al sereno bosque de Buczyna, en Zbylitowska Gora. Allí, entre los árboles inmensos con varios siglos de antigüedad, se produjo la masacre. Los fusilamientos se daban con sádica y pertinaz constancia. Los cuerpos se apilaban uno sobre otro. Una montaña de cadáveres en la que se hacía imposible determinar dónde empezaba uno y dónde terminaba otro. Algunos polacos lograban una corta sobre-vida cavando las fosas en las que serían tirados sus propios.

Las ejecuciones se hacían por la mañana, así por la tarde los judíos podían enterrar a sus muertos. Los disparos sonaban en toda el área y las bandadas de cuervos se abalanzaban sobre los escampados donde los asesinatos eran cometidos. Alrededor de 10 mil personas de Tarnow fueron masacradas: más de 6.000 judíos y unos 2.000 polacos católicos. En junio de 1942 se produjo el mayor pico de alienación y barbarie, guardado por el mudo testigo de un bosque silencioso, de una belleza inusual, cuya historia desoladora rompe el corazón. La atmósfera de dolor se impone. El horror aún está en el aire.

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La crueldad hacia los niños

No teniendo suficiente con ese genocidio humano, a los soldados nazis se les presentó otro problema que no habían calculado pero que resolverían con similar crueldad. Los hijos pequeños de estos padres y madres aniquilados habían quedado depositados en una casa de pequeñas dimensiones, de apenas dos ambientes, en el que en uno de sus típicos eufemismos los nazis habían bautizado como orfanato.

Bajo el cuidado de nadie, separados de sus padres para siempre, los niños –había bebés y los más mayores apenas tenían 8 años– hacinados, sin alimentos, sin bebidas, sin las menores condiciones de higiene, permanecieron varios días sin que nadie les prestara demasiada atención. Caminaban entre sus propios excrementos, con hambre; los llantos y los gritos eran desgarradores. La situación se tornó insoportable. La decisión no tardó en tomarse. Esos niños serían masacrados.

Alrededor de 800 fueron transportados al bosque de Zbylitowska Gora y asesinados en medios de llantos, gritos y desesperación. No puede haber nada que se acerque más a una escena dantesca que eso. Luego fueron depositados en las fosas cavadas en medio del bosque. La versión judía cuenta que los niños eran tirados en fosas y los nazis lanzaban granadas para asesinarlos.

La versión nazi sería otra; August Hafner, comandante nazi presente en el lugar, años después de la masacre, contó: “Los niños iban siendo traídos al medio del bosque en un tractor. Los bajaban a la fuerza, los alineaban y luego les disparaban en la nuca. Iban cayendo uno a uno en la fosa. Los sonidos eran indescriptibles: nunca olvidaré esas escenas por el resto de mi vida, es muy duro vivir con eso. Recuerdo muy especialmente a una pequeña niña pelirroja que me agarró de la mano cuando pasó por al lado mío. Ella también fue ejecutada”.

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En la actualidad, tras atravesar unos estrechos y sinuosos caminos se llega al bosque. Las fosas se alojan en medio de los árboles altísimos. En el centro se encuentra un monumento con un gran honor y que pide por el honor de las víctimas que yacen allí.

De allí derivan algunos senderos que recorren un par de pendientes y que llevan hasta las fosas. Las hay cercadas de azul que corresponden a los judíos y las cercas de color blanco que corresponden a polacos. Pero hay una más que rebalsa de dibujos, juguetes, velas y fotos. Es la fosa de los niños masacrados por los nazis.

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Fuentes: ElPensante // Infobae

Fotos: Archivo Walter Von Reichenau y Victoria Bornaz

 

 

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