Hitler, el führer de las drogas

Un vistazo al historial médico de Hitler basta para destrozar los esfuerzos de Joseph Goebbels por presentarlo como ejemplo de la superioridad aria. El líder inmune al cansancio, era un hombre frágil que consumía vorazmente drogas para soportar la tarea de someter Europa a su voluntad…

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Hitler, el führer de las drogas

Para entender el origen de sus adicciones es necesario remontarse a la República de Weimar, cuando las farmacéuticas alemanas se convirtieron en líderes mundiales en la comercialización de opiáceos y cocaína. La industria química asumió un papel destacado en la Endlösung. La empresa Degussa desarrolló el gas Zyklon B que se empleó para el exterminio de un millón de personas. Auschwitz suministró los trabajadores forzados que Farben empleaba en la producción de caucho sintético. Josef Mengele empleaba químicos suministrados por Bayer en sus experimentos genéticos.

La pujanza de las farmacéuticas influyó en la sociedad alemana. Las drogas se convirtieron en un artículo de consumo cotidiano. La estrella del boom fue la Pervitina, De acuerdo con su publicidad, inducía un agradable estado de euforia, por lo que no es extraño que se convirtiera en un producto más popular que la Coca-Cola. El escritor Norman Ohler define su consumo generalizado como «nacionalsocialismo en pastilla».
«La sustancia reduce la sensibilidad al dolor, el hambre, la sed y el sueño. La Pervitina puede ganar la guerra», siguiendo el informe del médico militar Otto Ranke, empezó a suministrase a los soldados alemanes.

En la primavera de 1940 los nazis preparaban la invasión de Francia que según el propio Hitler «decidiría el futuro de Alemania para el próximo milenio». Para cumplir la predicción de que Francia capitularía en seis semanas, el estado mayor ordenó suministrar a los soldados Pervitina. Norman Ohler considera su influencia sobre el ánimo de los soldados un factor decisivo de la Blitzkrieg.

Pese al furor de sus compatriotas por la Pervitina, Hitler prefería el Eukodal. Para trazar el origen de su adicción hay que remontarse a los años 30, cuando se puso en manos del Dr. Theodore Morell para tratar sus severos dolores intestinales. En junio de 1941 Hitler ordenó la invasión de la URSS, para cuya ejecución contaba con un ejército de tres millones de soldados convenientemente estimulados químicamente. Sin embargo, cuando la llegada del invierno evidenció que la victoria no se alcanzaría ese año, Hitler sufrió una grave crisis de salud. Morell recurrió a sustancias más potentes. En una decisión no exenta de ironía -Hitler era vegetariano-, empezó prescribiéndole un extracto de hormonas animales y la escalada química terminó en el Eukodal, cuyo potente efecto analgésico pareció calmar aquel dolor con el que el cuerpo de Hitler reflejaba somáticamente el sombrío cariz que empezaba a tomar el frente oriental.

En los años siguientes sus venas se colapsaron, como refleja una entrada en los registros de Morell: «tuve que cancelar la inyección de hoy para dar oportunidad a los agujeros de las últimas inyecciones a recuperarse». Con la derrota en África, la entrada de Estados Unidos en la guerra y la Werhrmacht retrocediendo en el Frente Oriental, la salud de Hitler empeoraba a medida que la guerra parecía decantarse en favor de los Aliados, pero alcanzaría límites demenciales cuando la cocaína entró a formar parte de su vademécum.

Con la catástrofe de Stalingrado comenzaron a escucharse las primeras críticas en las filas alemanas. El más serio intento de asesinato se produjo cuando el coronel Stauffenberg decidió usar la infraestructura de la Operación Valkiria para asesinar a Hitler. El 20 de julio de 1944 Stauffenberg asistió a una reunión con Hitler. En mitad de la conversación se retiró al aseo con su maletín para activar dos bombas, pero a consecuencia de la pérdida de una mano durante la guerra de Túnez sólo tuvo tiempo a activar una de ellas. Después de responder a varias cuestiones de estrategia, depositó el maletín debajo de la mesa, luego abandonó discretamente la reunión.

Las secuelas del atentado fueron agudos dolores de tímpanos, para cuyo tratamiento recurrió a los servicios de Erwin Giesing, un otorrino que le recetó cocaína. «Ahora me encuentro perfectamente y tengo la cabeza despejada», pese a las declaraciones de Hitler tras su primera ingesta, su combinación con el Eukodal tuvo desastrosos efectos. Hitler no dejó de cometer errores de estrategia, especialmente durante la Batalla de las Ardenas. El historiador Antony Beevor atribuye a su errático liderazgo la cancelación de la Operación Foxley, diseñada por los ingleses para asesinarlo, debido a que Churchil juzgó que ganarían la guerra más rápidamente con él en el poder.

Después de las derrotas en las Ardenas y el Frente Oriental, los Aliados siguieron avanzando hasta sitiar Berlin. En diciembre de 1944 las fábricas donde se elaboraban la Pervitina y el Eukodal, fueron bombardeadas por los aliados. En los meses previos a la batalla de Berlín, cuando sus colaboradores más cercanos habían huido de la ciudad, uno de los pocos hombres que permanecía a su lado era Morell. Para paliar el síndrome de abstinencia, Morell ordenaba a miembros del ejército que recorrieran Berlín en busca de Eukodal. En sus últimos días de vida, Hitler tenía dificultades para vocalizar, padecía temblores y sufría terribles alucinaciones. Si bien la guerra fue el factor externo, sus adicciones fueron el factor interno que desembocó en su suicido.

La relación de Hitler con su médico llegó a ser tan estrecha como puede ser la de cualquier yonqui común con su camello. Después de la caída de Berlín, Morell no fue oficialmente acusado de ningún crimen. Mientras recorría descalzo las calles de Munich, una enfermera medio judía lo llevó al hospital de Tegernsee, donde murió el 26 de mayo de 1948.

Autor: Miguel A. Álvarez para revistadehistoria.es

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