Grandes estafas de la Historia: La Transición española fue la Sucesión franquista

“La Transición se estudiará en el futuro para conocer en profundidad cómo se construye un relato completamente ficticio y se inocula en la ciudadanía de forma tan efectiva”.
Luis Gonzalo Segura, exteniente del Ejército de Tierra de España

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Todo el aparato franquista, incluidas las élites, permanecieron tan intactas que a día de hoy son perfectamente identificables. Por Gonzalo Segura

El pasado 3 de septiembre el líder del Partido Popular, partido político heredero de una amalgama de formaciones franquistas, afirmó sobre el periodo conocido erróneamente como la Transición que “ni hubo ocultación, ni sometimiento, ni miedo. Hubo grandeza moral, sentido de la historia, reconciliación y concordia. Propondremos una ley de concordia que reivindique la Transición y derogue de facto la sectaria relectura de la historia”. Pero ¿existió la modélica Transición o realmente aconteció una Sucesión franquista?

Parece increíble que toda una sociedad, la española, compuesta por varios millones de personas, en la actualidad unos 46,5 millones, y que cuenta con acceso libre a información sobre esta y muchas otras cuestiones, haya concluido de forma mayoritaria que lo ocurrido en los años posteriores a la muerte del dictador Francisco Franco fue un periodo de reconciliación y concordia denominado Transición, como afirma Pablo Casado, y no lo que realmente aconteció: la sucesión determinada por Franco. De hecho, en el año 2000 la abrumadora mayoría de los encuestados respondió al CIS que el Rey (Juan Carlos I) había sido la figura que más contribuyó al cambio y casi el 90% concluyó que se sentía orgulloso de la Transición.

Estoy convencido que la asunción como verídico del relato de la denominada Transición democrática española, en lugar de la acaecida Sucesión franquista, se estudiará en el futuro para conocer en profundidad cómo se construye un relato completamente ficticio y se inocula en la ciudadanía de forma tan efectiva. Mientras tanto, lo único que podemos hacer es intentar demolerlo con hechos objetivos e innegables para que la luz atisbe la verdad. Y esta, ciertamente, poco tiene que ver con la retórica oficial.

No pudo ser modélica porque fue violenta

Uno de las claves que demuestran que el periodo mencionado dista mucho de ser modélico y se acerca, paradójicamente, a lo negado por Pablo Casado (ocultación, sometimiento, miedo) es el nivel de violencia. Este periodo histórico fue el más violento de los acaecidos en Europa Occidental y el segundo más violento de toda Europa tras Rumanía. Los diferentes autores, desde Sophie BabyEl mito de la transición pacífica‘ hasta Xavier Casals, sostienen que entre 1975 y 1981 o 1983 hubo entre 590 y 700 muertos. La Transición griega contabilizó 29 muertos. La portuguesa menos aún.

No pudo ser de consenso porque la dirigió Juan Carlos I

Normalmente, los verdaderos periodos de transición entre regímenes autoritarios y democracias se caracterizan porque estos son dirigidos por personalidades ajenas, o al menos críticas, al régimen autoritario que queda en el pasado. Tanto si hablamos de Portugal como de Grecia, por ejemplo, es evidente que no fueron altas personalidades afines del régimen autoritario los que dirigieron sus transiciones, aunque la griega tenga sus matices y parecidos a la nuestra.

“No se trata ni mucho menos de un rey que hubiera estado luchando contra el franquismo desde el exilio y que una vez derrocado o muerto el líder, hubiera vuelto al país y hubiera sido recibido con parabienes”.Luis Gonzalo Segura, exteniente del Ejército de Tierra de España-

De hecho, lo normal es que las personalidades que ostentaron el poder durante las transiciones democráticas hubieran representado la oposición o, al menos, en un momento dado, se hubieran revelado militar o políticamente contra el régimen autoritario. Juan Carlos I no solo fue apadrinado por Franco, sino que llegó a ser jefe del Estado durante la dictadura y ni siquiera hoy se vislumbra contradicción o crítica alguna al dictador y genocida español. Jamás se sublevó o contrarió al Caudillo.

No se trata ni mucho menos de un rey que hubiera estado luchando contra el franquismo desde el exilio y que una vez derrocado o muerto el líder, hubiera vuelto al país y hubiera sido recibido con parabienes. Ni tan siquiera de alguien que llegado el momento organizase una revuelta o un golpe militar contra el dictador. Muchos menos podemos hablar de una personalidad que abanderase la democracia. Juan Carlos estaba en palacio mientras Franco firmaba sentencias de muerte.

No pudo ser democrática, porque no hubo juicios ni comisiones

España, a diferencia de muchos otros países, no optó por comisiones de la verdad o juicios al régimen autoritario y a los responsables del mismo. Ello resulta fundamental para que el nuevo estado pueda tener una génesis democrática completamente desprendida del pasado. España optó por la amnistía, por la amnesia colectiva. Los crímenes del franquismo jamás se juzgaron, ni tan siquiera se optó por juzgar casos individuales. En Grecia, por ejemplo, fueron múltiples los militares, incluidos altos mandos, juzgados y condenados.

No pudo ser igualitaria, porque las élites decidieron conservar el poder

Uno de los elementos que demuestran hasta qué punto se trató de una sucesión en lugar de una transición es la ausencia de igualdad. El alto nivel de aforados, la inviolabilidad jurídica del rey o la ausencia de independencia e imparcialidad de los órganos judiciales españoles y su materialización en procesos tan obscenos como el falso juicio de la Infanta Cristina, la no investigación de las múltiples denuncias por corrupción y malas prácticas de Juan Carlos I, la existencia de misterios como ‘Señor X’, ‘Elefante Blanco’ o ‘M. Rajoy’, el fantasma de cientos de miles de desaparecidos durante la dictadura, los miles de casos de torturas durante el postfranquismo o el uso de la justicia como instrumento de represión en Catalunya demuestran, ante todo, que no somos iguales ante la ley. Y si existe un termómetro que pueda ofrecernos la calidad democrática de un estado ese es la igualdad ante la ley.

No pudo ser fraternal porque el aparato y las élites franquistas quedaron intactos

Si bien es cierto que los periodos de transición están marcados por la continuidad de una gran parte del aparato existente durante los regímenes autoritarios, algo que se puede percibir con claridad tanto en los procesos acaecidos en Europa Occidental como en la antigua Europa Oriental, no lo es menos que en las verdaderas transiciones existe un proceso de desmantelamiento o demolición de los mismos. Resulta enormemente complejo encontrar estructuras prácticamente intactas pasados 10, 20 o 30 años.

Sin embargo, los movimientos militares acaecidos en España en el año 2006, con motivo de la negociación del ‘Estatut’ en Catalunya o en este agosto de 2018 por la exhumación de los restos del dictador, demuestran que las Fuerzas Armadas, si bien han vivido un proceso de modernización, no así de democratización. Y no es el único sector de la sociedad en el que se percibe: la judicatura, la Iglesia, el poder económico o los partidos políticos cuentan con una bajísima calidad democrática.

No pudo ser una transición porque fue una sucesión

En definitiva, no pudo ser una transición democrática porque fue una sucesión franquista. Una sucesión en la que todo el aparato franquista, incluidas las élites, permanecieron tan intactas que a día de hoy son perfectamente identificables.

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