El TBO cumple cien años negándose a pasar página

Antes de que se llamaran cómics o novelas gráficas, las historietas se llamaban tebeos. Como mínimo en nuestro país. Los tebeos fueron un entretenimiento de masas cuando aún no se hablaba de medios de masas. Y si todas esas publicaciones llenas de viñetas fueron conocidas como tebeos fue por la enorme popularidad de la revista TBO, nacida hace 100 años. Con la efeméride, varias iniciativas reivindican su legado..

mortadelo

Por Jordi Canyissà

El TBO enseñó a leer a jóvenes lectores (y no tan jóvenes) y a muchos más les proporcionó innumerables horas de distracción, especialmente durante los grises años de posguerra. Tal fue su popularidad que la RAE incluyó el vocablo ‘tebeo’ en su diccionario; lo fijó y le dio esplendor, pero la palabra tebeo ya había sido adoptada de forma natural mucho antes. Incluso en frases hechas, como la que calificaba una idea inverosímil de “invento del TBO”.

TBO nació el 11 de marzo de 1917. Pero ese fue un TBO muy distinto al que luego se hizo popular. El gran cambio llegó con el número 9, después de que el escritor Joaquim Buigas comprara la revista al impresor Antonio Suárez. Buigas la modernizó y dio mayor presencia a las historietas (aún primitivas en esos años). Fue también entonces cuando las tres letras de la revista adoptaron el reconocible diseño de Ricard Opisso.

El humor de TBO se suele oponer al que practicaba su mayor competencia: la editorial Bruguera, editora de Pulgarcito, El DDT o Mortadelo. En efecto, las historietas de Bruguera mostraban otra cara de la sociedad española de la época, la de los oficinistas que odian a su jefe, la del hambre, la de la picaresca y la violencia (verbal o física). Mientras que el TBO tradicional se mantuvo fiel al modelo que fijó Buigas, con un humor blanco y atemporal. Historietas costumbristas, familiares y amables. “La marca TBO es garantía de ingenio y buen gusto”, proclamaba el lema impreso durante años en la correspondencia de la editorial.

Por sus páginas transitaron personajes tan recordados como La familia Ulises (obra de Benejam), Josechu el Vasco (Muntañola), Altamiro de la Cueva (Bernet Toledano) o series como Los inventos de TBO (cuya época más conocida fue la de Sabatés). Aunque más que los personajes, lo que abundó en TBO fueron las historietas y chistes sin un protagonista fijo, firmados por dibujantes como Donaz, Urda (los más veteranos de la revista), Nit, Castanys, Arturo Moreno, Salvador Mestres, Joan Rafart Roldán o Josep Maria Blanco Ibarz. Entre sus guionistas (siempre a la sombra) destaca la ingente labor de Carles Bech y del mismo Buigas, quien pasó cuarenta y seis años de su vida dedicado a la revista. Años más tarde, Paco Mir, August Tharrats, Esegé o Sirvent se añadieron a TBO impulsando una renovación que se truncó para siempre en 1983.

Entre los autores emblemáticos del TBO clásico destaca Josep Coll, uno de los más brillantes historietistas del país. Su personalidad gráfica fue tan apabullante que nunca necesitó apoyarse en un personaje para que el lector reconociera de inmediato su estilo. Sus figuras altas, estilizadas y tremendamente flexibles -se alargaban como las dos últimas letras de su firma- eran reconocibles a simple vista. En sus historietas, narradas con una tremenda economía de medios, los protagonistas solían ser náufragos, exploradores de la selva, criados o conductores de imponentes coches que se movían como un dibujo animado. Incluso la obra literaria de Quim Monzó tiene conexiones con Coll.

Coincidiendo con el centenario se han impulsado varias iniciativas en forma de libros y exposiciones para recuperar la memoria de la revista. El primer libro en aparecer fue 100 años: el tebeo que dio nombre a los demás (Diminuta Editorial) escrito por el periodista e investigador del cómic Jordi Manzanares y del que también existe versión en catalán. Rigurosamente documentado, el libro tiene el apoyo de la Biblioteca de Catalunya, que conserva parte de los fondos de la revista y que organizará una muestra sobre la revista entre el 16 de marzo y el 15 de abril con un prólogo en forma de jornadas para expertos y coleccionistas.

Manzanares explica que “los responsables de la revista apostaron por una línea de humor blanco e inocente, no comprometido y apto para todos los públicos”. Una tendencia, recalca, que “se agudizó con el tiempo” pues “el TBO de antes de la guerra no era ni tan blanco ni tan inocente como sería después”.

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El periodista Josep Cuní evoca en el prólogo el impacto que tuvieron en su infancia publicaciones como TBO, a las que califica como “un salvavidas en un mar de inanidad”, una de las pocas distracciones “fuera de la rigidez de la escuela y la obligación familiar”. Ideas que muchos lectores de su generación suscribirán.

Por otra parte, el crítico e historiador Antoni Guiral acaba de publicar 100 años de TBO (Ediciones B), un voluminoso libro editado por la editorial que adquirió la cabecera TBO y que gestiona también el fondo de la extinta Bruguera. Con la capacidad divulgativa que le caracteriza, Guiral recorre la cronología de la revista apoyándose de una generosa cantidad de imágenes, muchas de ellas reproducidas directamente de originales. “TBO es algo más que historia de la historieta -explica-. Es patrimonio cultural, sí, pero también un hito sociológico que recoge parte de lo que ha sido España en el último siglo”.

El propio Guiral será el responsable de la exposición que el Salón del Cómic de Barcelona dedicará a TBO del 30 de marzo al 2 de abril. Un recorrido por histórico organizado en cuatro partes, una de las cuales estará dedicada a Josep Maria Blanco Ibarz, último Gran Premio del Salón. Blanco, con un dibujo amable y falsamente simple, es una de las firmas más representativas de la revista; dibujó La familia Ulises a partir de 1968 y creo la serie Los Kakikus. El escritor Javier Pérez Andújar escribirá un texto sobre TBO con motivo de la exposición.

Referencia e imágenes: LaVanguardia

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