23 F : el día que nació la España actual

Los funcionarios del Congreso se preguntan qué sucede puesto que diez o quince guardias civiles entran de modo decidido sin decir nada. El que parece su jefe camina con paso firme y mirada altiva. Algunos piensan que hay un aviso de bomba y otros llegan a pensar que son etarras disfrazados de guardias civiles, porque consideran en su subconsciente que la escena que están presenciando es irreal e imposible. Al frente del contingente está Antonio Tejero Molina

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El ministro del Interior, Rodolfo Martín Villa, le reconoce enseguida puesto que se le había expedientado en tres ocasiones. Los demás allí presentes también saben de quién se trata y en especial los periodistas. El teniente-coronel Tejero ya había participado en la fallida Operación “Galaxia” junto al posteriormente asesinado por ETA capitán Saenz de Inestrillas en la que pretendían un Golpe de Estado que implantara un Gobierno de Salvación Nacional.

El secretario primero de la Cámara Baja se queda sin habla sobre todo cuando Tejero sube al estrado y pronuncia las palabras que con el tiempo serían utilizadas con sorna ya que el pueblo español enseguida se rehace de cualquier suceso y si todo termina satisfactoriamente, lo ridiculiza; es su modo de pasar página: ¡Quietos todo el mundo! ¡Todo el mundo al suelo!

Manuel Marín, presidente de la Sala, se le queda mirando absorto sin dar crédito. El diputado Núñez Encabo, que en ese momento realizaba su voto (se estaba votando la investidura del nuevo presidente del Gobierno español), una vez los guardias civiles abrieron fuego contra el techo, se escondió en el pasillo como pudo.
Pero cómo podía suceder eso, qué había llevado a ese hombre a tal locura después de haber sido seriamente castigado por su participación en la anterior intentona golpista.
Sencillamente, en esta ocasión, Tejero estaba convencido del éxito de la iniciativa al contar con el respaldo del Rey, como así le aseguraron.

Preparación del Golpe de Estado

Siete meses antes, Tejero se había entrevistado con otro teniente-coronel, éste ayudante del teniente-general Miláns del Bosh, capitán general de la III Región Militar (Valencia), uno de los ideólogos del Golpe de Estado. Junto con Juán García Carrés, dirigente del Sindicato Vertical, elaboraron el plan mediante el cual asaltarían el Congreso de los Diputados. García Carrés era hijo de Vicente García Ribes que fue presidente del Sindicato Vertical de Transportes y Comunicaciones y sospechoso de participar de algún modo en la matanza de abogados laboralistas de Atocha en el mes de enero de 1977, tan solo cuatro años antes del golpe de Estado (en el crimen de Atocha estaba implicado el secretario del Sindicato).

En principio tenemos a personas afines a la extrema derecha implicados en el Golpe, en una época convulsa en la que ETA mata sin cesar a un ritmo de diez u once atentados mensuales, algo a lo que los militares, hasta hace muy poco en el poder, no estaban acostumbrados. Con la dictadura del General Franco, muerto seis años antes del Golpe, ETA estuvo muy controlada y a punto de ser desmantelada en 1975, pero el fallecimiento del dictador dio una tregua a la organización terrorista que aprovechó para rearmarse y reorganizarse.

El nuevo Gobierno de la transición, presidido por Adolfo Suárez, era débil, temeroso de ser calificado de pro-franquista. Debido a ello, actuaba con cautela con respecto al terrorismo y otras cuestiones, no aplicando una política enérgica de mano dura como le pedían los altos mandos militares. Éstos hacían llegar sus quejas al presidente a través del vicepresidente del Gobierno, el teniente general Manuel Gutiérrez Mellado, el hombre de confianza de Suárez para mantener tranquilos los cuarteles. La tarde del Golpe, Mellado es zarandeado por Tejero que le ordena que se siente y tras varios disparos de los guardias civiles al techo del Congreso, el veterano militar ayudado por su amigo Suárez finalmente se sentaría en su escaño. Suárez había sido duramente criticado por algunos sectores, tanto conservadores como progresistas, en aquellos tiempos de transición política. Sin embargo, en un momento tan crítico, fue de los pocos que permaneció sentado en su silla mientras la mayoría estaban agazapados sin atreverse siquiera a respirar.

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Un capitán de la Guardia Civil les comunica a los diputados que están esperando la llegada de una autoridad militar competente que daría instrucciones; nunca llegó a hacer acto de presencia dicha autoridad desconociéndose siempre quién pudo ser. Se llegó a señalar al teniente-general Fernando de Santiago y Díaz de Mendívil, que había llegado a ser presidente del Gobierno durante unos pocos días, justo antes del nombramiento de Adolfo Suárez como presidente. A mediados de los 70 ejerció el cargo de vicepresidente de la Defensa, puesto desde el que criticaba la acción del nuevo Gobierno al considerarlo débil ante amenazas como el terrorismo o los sindicatos de izquierdas. Cuando éstos últimos fueron legalizados, Fernando de Santiago presentó su dimisión siendo sustituido por el teniente-general Gutiérrez Mellado, que se encontraba en el Congreso el día del Golpe llegando a enfrentarse al teniente-coronel Tejero. Unos días antes, De Santiago había publicado un artículo en el diario “El Alcázar”, un medio afín a la extrema derecha y que publicaba, de vez en cuando, arengas a favor de un Golpe de Estado.

Los acontecimientos se desbordan

Volvemos al día del Golpe, 23 de febrero de 1981. Otro político de gran talla y un personaje influyente de la Historia contemporánea de España es Santiago Carrillo, quien también fue uno de los que permaneció sentado, sin esconderse. Al darse cuenta de lo que estaba sucediendo, debió pensar que, si las cosas se ponían feas, él sería uno de los primeros en ser objetivo de los militares golpistas. Carrillo tenía 66 años en febrero de 1981 y era el secretario general del Partido Comunista. Sobre él siempre recayó la sospecha de su implicación en las matanzas de Paracuellos del Jarama y Torrejón de Ardoz, durante la Guerra Civil, en las que fueron fusilados 4.000 civiles y militares afines a Franco. Aunque habían pasado 42 años desde aquello, seguro que aquel suceso, tuviera él algo que ver o no, vino a la memoria de Carrillo la tarde del Golpe, por lo que pudieran pensar al respecto los militares. Sus temores parecía que iban a hacerse realidad cuando Tejero ordena a unos guardias que conduzcan a varios políticos fuera del hemiciclo, entre ellos Suárez, Felipe González, Alfonso Guerra, Agustín Rodríguez Sahagún (ministro de Defensa en ese momento), Gutiérrez Mellado y el propio Carrillo, pero tan solo son trasladados a otras dependencias, sin embargo los diputados que se quedan dentro piensan lo peor y más cuando oyen a unos guardias civiles decir que primero sacarán a los vascos y después a los otros.

Tejero se pone nervioso pues el plan estipulaba la intervención de la División Acorazada Brunete justo después del asalto al Congreso, pero nadie le llama para confirmárselo. Sin embargo, sí sabe que Milans del Bosh ha asumido todos los poderes en la Región militar bajo su mando, Valencia. En el levante español, Milans dicta bandos militares ordenando repeler cualquier agresión que sufran las unidades bajo su mando, tanto por parte de la población civil como de otras Unidades militares que no se unan al Golpe de Estado.
Pasadas las siete de la tarde, se le comunica que tres escuadrones blindados han ocupado Prado del Rey, donde se encuentra Radio-Televisión Española. La programación televisiva es interrumpida y suena música militar en las emisoras públicas de radio. Así se lo muestra García Carrés a Tejero cuando éste habla con el anterior, por teléfono (durante horas), la tarde y noche del 23-F.

Por fin hacen acto de presencia Alfonso Armada y Aramburu Topete. Son casi las doce de la noche. El primero es un orgulloso aristócrata y militar de carrera, veterano de la División Azul y secretario del Rey antes de Sabino Fernández Campo. Cuando tuvo lugar el Golpe de Estado, ocupaba el cargo de segundo jefe del Estado Mayor del Ejército de Tierra. En el fondo, no se lleva bien con Miláns del Bosh y esto fue uno de los handicaps del Golpe que no supieron solucionar desbaratando todos los planes golpistas al no ponerse de acuerdo los dos veteranos militares (Miláns del Bosh también estuvo en la División Azul, luchando junto a la Alemania nazi -eran dos gallitos en el mismo corral en el que pretendían convertir España-.

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Aramburu Topete es el director general de la Guardia Civil en esas fechas. Ha establecido su base operativa en el Hotel Palace desde donde dirige el dispositivo montado para desbaratar los planes de Tejero, con el nombre en clave de Operación “Diana”. Está al mando de las Fuerzas de Seguridad, incluida la Policía Nacional, que sigue siendo militar y cuyo jefe entonces es el también general de División José Antonio Saenz de Santamaría, quién ordenó de inmediato rodear el Congreso para evitar que otros guardias civiles quisieran apoyar a sus compañeros. Hubo cierto recelo entre ambos Cuerpos, pero finalmente Aramburu Topete se hace cargo de la situación, demostrando su lealtad al Rey y a la Constitución. De todos modos, Santamaría conocía muy bien el Cuerpo de la Guardia Civil, mucho mejor incluso que su director general puesto que durante nueve años fue el jefe del Estado Mayor de la Guardia Civil, primero como coronel y más tarde como general de Brigada. Además, Santamaría estaba curtido en los Servicios de Información, aunque, según confesó después, se enteró del Golpe por la radio, actuando rápidamente.
Aramburu Topete le ordena a Tejero que abandone esa locura, pero Tejero le dice que antes le pega un tiro y después se mata él mismo.

Topete se marcha pero al lado de Tejero permanece Armada hasta que, pasada la una de la madrugada, el rey se dirige a toda España por radio y televisión en su famoso mensaje en el que aparece con su uniforme de capitán general de los tres ejércitos ordenando que se defienda la Constitución a toda costa. Tejero, que hasta ese momento ha creído en la esperanza de que el rey apoyara el Golpe, se desmorona y Armada abandona el Parlamento. Tejero amenaza con quemar el Parlamento si les cortasen la luz desde el exterior. En ese momento, los diputados pasan por un momento de máxima tensión, como declaró Luís Gamir, entonces diputado de la Unión de Centro Democrático. Aun así, han de transcurrir todavía más de diez horas hasta que los políticos, funcionarios y periodistas retenidos puedan abandonar el Congreso, una vez se entregaron los asaltantes, deponiendo las armas.

Los implicados: el Golpe de los capitanes

Las cintas que grabaron las conversaciones y comunicaciones desde dentro del Congreso hacia los contactos y colaboradores del Golpe desaparecieron misteriosamente, asegurando Alfonso Guerra (vicepresidente de los Gobiernos socialistas posteriores al 23-F) que cuando ellos llegaron al poder en 1982, las cintas ya no estaban.

En el macro juicio a los golpistas celebrado ante el Consejo Supremo de Justicia Militar en junio de 1982 y en la revisión ante el Tribunal Supremo en 1983, Tejero y Miláns del Bosh fueron condenados a treinta años de cárcel. Pero no fueron los únicos implicados.

Al frente de la División Acorazada “Brunete” se encuentra el general Juste quién, según el general Torres Rojas, estaba también implicado junto al coronel San Martín y al comandante Pardo Zancada, respaldando la intentona golpista porque de lo contrario hubiera impedido que el propio Zancada saliera con vehículos blindados. Pero Juste fue precisamente quién ordenó el regreso de los tanques al cuartel ya que tenía serias dudas, sobre todo cuando el capitán general de la Región Militar de Madrid le ordenó que se mantuviera leal al Gobierno. El general Torres Rojas debía ponerse al frente de la División ya que Miláns del Bosh desconfiaba de Juste, pero una vez en Madrid, Rojas no tuvo obstáculo alguno (al principio) por parte de Juste. Todos pensaban que lo que les decía Miláns del Bosh desde Valencia era cierto, que los reyes apoyaban la insurrección armada y fue lo que les impulsó a hacerlo. El papel de Pardo Zancada era el de enlace entre Valencia y Madrid. Sin embargo, algo falla pues el general Juste no termina de convencerse y decide llamar al Palacio de La Zarzuela para hablar con el teniente-general Armada para confirmar que, en efecto, se encuentra ya junto al rey porque, como le habían asegurado, el monarca apoyaba la Operación. Pero en La Zarzuela le dicen, por teléfono, que Armada ni está ni se le espera. Así que Juste da un paso atrás y tras hablar con el jefe de la región Militar de Madrid e informarle de lo que sucede en su acuartelamiento, ordena que los tanques regresen.

Otro implicado fue el comandante José Luís Cortina Prieto, jefe de la Agrupación de Operaciones y Misiones Especiales del CESID, el antecedente del CNI, el Servicio Secreto español. Dicho oficial de Inteligencia defendió su inocencia y negó tener nada que ver con Tejero, sin embargo, éste detalló como era su piso, demostrando que había estado en el mismo, reunido con Cortina para ultimar la Operación golpista. Es más, Tejero declaró que Cortina estaba bajo las órdenes de Armada. Tejero llegó hasta Cortina a través del capitán de la Guardia Civil Gómez Iglesias, destinado en el CESID. Cortina se defendió diciendo que la descripción de su piso dada por Tejero era muy superficial, la misma que se puede dar de cualquier otra vivienda parecida y en cambio no mencionó la fotografía que Cortina tiene del rey firmada por el mismo, detalle que no se le pasa por alto a quienes realmente han estado en su domicilio.

Según Tejero, en la reunión mantenida en el piso de Cortina, éste le dijo que existían decretos-leyes para ser aplicados justo después del Golpe de Estado por el nuevo Gobierno militar de Salvación Nacional y que había más oficiales del CESID implicados; así mismo, Tejero se percató ahí de que la rebelión militar era bicéfala, esto es, había dos jefes igualmente influyentes: Miláns del Bosh y Alfonso Armada. Incluso dijo que pudo ver a oficiales del Servicio Secreto (CESID) en el Parlamento, pero Cortina dijo que eran meros informadores y no apoyaron en ningún momento el Golpe. El capitán Gómez Iglesias declaró que no tenía tanta confianza con el teniente-coronel Tejero como éste pretendía dar a entender, que no estuvo nunca en el piso de Cortina en compañía de Tejero y que no habló ni con él ni con el coronel Manchado, jefe del Parque Móvil de la Guardia Civil, sobre ir como voluntario para asaltar el Parlamento (los autobuses que trasladaron a los guardias civiles al Congreso salieron de este Parque Móvil). El capitán dijo que conocía a Tejero de cuando estuvo bajo sus órdenes en San Sebastián, en 1976. El coronel Manchado, en cambio, sí era amigo de Tejero y le facilitó los conductores y guardias civiles que necesitó para el asalto: dos Compañías del Parque Móvil.

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Podríamos calificar el Golpe de estado del 23 de febrero como el Golpe de los capitanes ya que fueron quienes lo dirigieron en la práctica, realmente:

– El ya mencionado Vicente Gómez Iglesias: Capitán de la Guardia Civil, destinado en la Dirección General de la Guardia Civil. Trabajaba para el CESID a las órdenes de Cortina. Coordino la llegada al Congreso de todas las unidades

Francisco Dusmet García-Figueras: Capitán de Infantería, destinado en el Estado Mayor de la División Acorazada Brunete número 1.

Carlos Álvarez-Arenas y Pardina: Capitán de Infantería, destinado en el Estado Mayor de la División Acorazada Brunete número 1.

José Cid Fortea: Capitán de Intendencia, destinado en el Cuartel General de la División Acorazada Brunete número 1 como capitán cajero de la Mayoría Centralizada del Núcleo de Tropas y Servicios.

José Pascual Gálvez: Capitán de Infantería. Destinado en el Regimiento de Infantería Asturias número 31 y agregado al Cuartel General de la División Acorazada Brunete número1.

José Luis Abad Gutiérrez: Capitán de la Guardia Civil, jefe del Subsector de Tráfico de Madrid. Reclutó a los primeros guardias que entraron en el Congreso y franqueó la entrada del general Armada bajo la consigna «Duque de Ahumada» (se cree que ese era el verdadero nombre de la Operación de los insurrectos).

Carlos Lázaro Corthay: Capitán de la Guardia Civil, destinado en la Academia de Tráfico de la Guardia Civil.

Jesús Muñecas Aguilar: Capitán de la Guardia Civil, destinado en el Escuadrón de la Primera Comandancia Móvil de la Guardia Civil. Fue el guardia civil que se dirigió a los diputados para anunciarles la llegada de una «autoridad militar» que nunca se produjo.

Juan Pérez de la Lastra: Capitán de la Guardia Civil, destinado en la Academia de la Agrupación de Tráfico de la Guardia Civil.

Francisco Acera Martín: Capitán de la Guardia Civil, destinado en la 421 Comandancia de la Guardia Civil (Tarragona). Se sumó a la intentona voluntariamente y fue quien leyó en el hemiciclo el manifiesto de Milans del Bosch.

Enrique Bobis González: Capitán de la Guardia Civil, destinado en la Academia de Tráfico de la Guardia Civil..

De entre los tenientes que les ayudaron, se recuerda sobre todo a los que zarandearon a Gutiérrez Mellado, los tenientes de la Guardia Civil Rueda y Carranco, ambos destinados en el Subsector de Tráfico de Madrid. Fueron sentenciados a dos años de cárcel el primero y uno el segundo, por rebelión militar, aunque se reincorporaron, una vez cumplieron sus condenas. Se retirarían Rueda como comandante y Carranco como capitán.

Se habló durante el juicio de la existencia de un “elefante blanco”, supuesto máximo ideólogo del Golpe y al que todos obedecían, el mismo que acabaría presentándose en el Congreso haciéndose con las riendas de la situación desde ese momento, algo que evidentemente no sucedió (o tal vez sí si se trataba del general Armada).

Desde luego, todos los historiadores coinciden en que el Golpe de Estado fue el impulso que necesitaban los socialistas para que aumentase el ya de por sí importante apoyo del pueblo español, el cual aún no era masivo. Sin embargo, las ansias de libertad y de que nada como aquello volviera a suceder terminó de convencer a los indecisos motivando que el PSOE consiguiera su primera y aplastante mayoría absoluta.

Los héroes del 23-F

Hubo otros “héroes”, aparte del Rey, Suárez y Gutierrez Mellado, quiénes se enfrentaron a los golpistas) como Francisco Laina García, Director de la Seguridad del Estado que rellenó el vacío de poder al encontrarse el Gobierno retenido en el Parlamento, formando una Junta de Secretarios de Estado.

El capitán general de la Región Militar de Madrid, Guillermo Quintana Lacaci, consiguió impedir que la División Acorazada “Brunete” secundara el alzamiento militar; de lo contrario, los tanques habrían controlado la Ciudad. Lacaci le ordenó al general jefe de la Brunete que los tanques que ya habían salido del acuartelamiento regresaran y que no hiciera caso de sus subalternos que insistían en continuar con el avance de los blindados, como estaba sucediendo en Valencia.

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Por lo tanto, Lacaci fue leal al rey pero en realidad porque se lo pidió su admirado Francisco Franco Bahamonde, el general que había gobernado el País con mano férrea durante casi cuarenta años. Al ministro de Defensa, tras el fallido Golpe de Estado, cuando el político quiso depurar la cúpula de las Fuerzas Armadas, le dijo: “Ministro, antes de sentarme tengo que decir que soy un franquista, que admiro la memoria del general Franco, he sido ocho años coronel de su regimiento, llevo esta medalla militar que gané en Rusia, hice la Guerra Civil, por tanto, ya te puedes figurar lo que pienso. Pero el Caudillo me dio orden de obedecer a su sucesor; el Rey me ordenó parar el golpe del 23-F y lo paré. Si me hubiera mandado asaltar las Cortes, las asalto”. El rey llegaría a abrazarle, emocionado, diciéndole: “España nunca sabrá lo que te debe, Guillermo”. A pesar de impedir el Golpe de Estado que habría encumbrado a los militares, de nuevo, al frente del Gobierno de España y que ello habría supuesto una nueva persecución de ETA y tal vez su desaparición, la organización terrorista asesinaría al teniente-general Lacaci, cuando ya estaba retirado. El curtido militar había rechazado el chófer y escolta que le asignaron cuando se jubiló alegando que no quería que corrieran peligro pues sabía que era un posible objetivo terrorista. Le mataron cuando regresaba de oir misa, en compañía de su esposa, disparándole a quemarropa trece disparos los miembros del comando Madrid de ETA.

El teniente general José Gabeiras Montero, jefe del Estado Mayor del Ejército de Tierra, fue otro de los héroes que impidieron el 23-F. Convenció a los capitanes generales de las Regiones Militares para que no se unieran a la rebelión diciéndoles a todos que el Rey no apoyaba el Golpe. Sobre el propio ex-soberano español han recaído sospechas tales como que urdió la operación como lavado de imagen para revitalizar la monarquía, que estaba bastante desprestigiada, con lo que la idea era ponerse al frente del Estado salvando a España de militares golpistas; desde luego, la figura del Rey pasó a estar muy bien valorada, por encima de cualquier otra institución en España, tras el Golpe. Pero sospechar que el Rey tuviera algo que ver, sin pruebas que lo respalden, es atentar contra la figura de una persona que ha demostrado sobradamente su servicio al País. De hecho, resultaría clave que el monarca se pusiera en contacto con sus antiguos compañeros de promoción, destinados por todo el País, con rango en ese momento de teniente-coronel, para que le informaran de lo que sucedía en cada Región Militar e hicieran de mediadores con los respectivos jefes. El rey no se fiaba de nadie, en ese momento, por lo que resultó muy inteligente confiar en quiénes conocía de su etapa de formación quiénes habían sido compañeros y con los que mantenía contacto y amistad.

Del mismo modo, considerar a la Guardia Civil como un Cuerpo del que se debe desconfiar por la acción de unos pocos quienes, además, desconocían en su mayoría lo que realmente se pretendía aquella jornada. Los agentes cumplían órdenes estrictas ya que por aquel entonces aún existía el principio de obediencia debida. Por lo tanto, quienes acusaron después del Golpe a toda la Guardia Civil de antidemócrata es olvidarse de sus innumerables servicios realizados por y para el pueblo español y en misiones internacionales de todo tipo en los que tantas vidas ha dejado en el camino.

En Valencia, desde el mismo momento en que Tejero entraba en el Congreso, la División Acorazada “Maestrazgo” ocupaba la ciudad con 2.000 soldados patrullando sus calles más 50 tanques y otros vehículos blindados. Fue la ciudad española donde la tensión y el miedo de la población fue mayor, junto a Madrid; en ambas se respiraba un ambiente pre-bélico y de incertidumbre con música militar sonando en emisoras de radio ocupadas por los soldados. Una columna de tanques se dirigió a la Base Aérea de Manises para obligar a su jefe, el general Gallarza, a secundar la rebelión, pero éste se negó y amenazó con enviar a dos cazas cargados de misiles contra los tanques, los cuales optaron por abandonar su intención de ocupar la Base Aérea.

En otras ciudades se recibían instrucciones confusas pero la idea extendida era que la Guardia Civil se había hecho con el Parlamento y, por lo tanto, todas las Bases y acuartelamientos militares estaban en alerta y debían patrullar sus respectivas demarcaciones interrogando a los efectivos de la Guardia Civil destinados en las mismas (los Puestos y Líneas de la Guardia Civil diseminados por España) para que, en el caso de que apoyaran el golpe, fueran detenidos de inmediato.

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El fracaso del 23-F y las escasas consecuencias para sus artífices

Finalmente, Miláns del Bosh se rindió a la evidencia de que el Golpe había fracasado y se entregó a las 06:30 horas. Tejero comenzó a pactar su rendición a las nueve de la mañana solicitando que no se culpara de lo sucedido a los suboficiales ya que en tondo momento habían seguido de manera estricta órdenes.
Tejero eximía de responsabilidad a sus hombres, excepto a los oficiales, los cuales, como hemos indicado anteriormente, sí participaron activamente en el Golpe de Estado. Del resto, se ha especulado mucho sobre si verdaderamente sabían dónde iban. Según la declaración de alguno de los oficiales implicados, se enteraron en el trayecto hacia el Congreso e incluso los propios guardias o la mayoría de ellos pensaban que iban a desactivar un artefacto explosivo que habían puesto en el hemiciclo lo que pudiera explicar el por qué nada más entrar en el mismo se dedican a mirar entre las filas de asientos como si buscaran algo.
Casi todos los historiadores y analistas consideran que el Golpe del 23 de febrero de 1981 fue una verdadera chapuza, sin orden ni concierto, en la que dos pesos pesados de las Fuerzas Armadas españolas luchaban a última hora por el poder (algunos incluso hablaban de un Golpe dentro del Golpe). Armada quiso mostrarse el día 24 como que era quién había salvado a España de una segunda guerra civil en el mismo siglo ya que fue él y no Aramburu Topete ni nadie quién convenció a Tejero de que desistiera de su aventura sin sentido. Pero enseguida se descubrió que estaba implicado, incluso que era uno de los inspiradores del Golpe. De hecho, aspiraba a convertirse en presidente del nuevo Gobierno de Salvación Nacional al estilo de la Francia del general De Gaulle (de ahí que los golpistas denominaran a su trama Operación “De Gaulle”). Los diputados serían liberados a las doce y cuarto de la mañana.
Hoy en día, algunos de los acusados han muerto, están enfermos o se han retirado de sus carreras militares, bien porque se hayan jubilado, bien porque se dediquen a otros menesteres profesionales. La verdad es que escaparon más o menos airosamente, algunos volverían a la Guardia Civil o al Ejército recibiendo medallas y buenos despachos en sus ascensos. Tejero llegó a formar un partido político llamado “Solidaridad Nacional” que fue un fracaso estrepitoso, terminando su condena en 1996 (gozando de todo tipo de comodidades en prisión) con lo que estuvo en la cárcel, tan solo, catorce años cuando se le había condenado a treinta. Sin embargo, no olvidemos que no mataron a nadie ni fue la intención en ningún momento y que ciertamente la mayoría, sino todos (salvo probablemente Miláns del Bosh y Armada que sabrían la verdad) estaban convencidos de que realizaban un servicio a la Patria, aunque su sentido del honor fuera, sin duda, equivocado (no se puede alterar la vida democrática de un País en plan república bananera, por no tener capacidad diplomática para ello).
Casi todos creían, engañados, que el Rey era esa autoridad que aparecería de un momento a otro en el Congreso como salvador de España, poniéndose al frente del Golpe. Armada les aseguraba una y otra vez que el propio monarca le había dicho en Baqueira Beret que era necesaria una solución “a la turca” cuanto antes.
La verdad es que no se entiende que los acusados escaparan de ese modo más bien respetuoso hacia sus carreras. Igualmente se ha especulado con que se llegara a un pacto de silencio con los golpistas principales y que los demás implicados no sufrieran un excesivo deshonor ni vergüenza. Algunos, de hecho, recibirían años después importantes condecoraciones, una vez se reincorporaron a sus puestos y continuaron con sus carreras o en otros cargos, fuera de las Fuerzas Armadas, pero igualmente con éxito.
Da la impresión de que Tejero fue una marioneta en manos de alguna alta instancia ya que el teniente-coronel ya lo había intentado antes con lo que siempre se podía decir que era un reincidente, no alguien respaldado por el Ejército. Pero ya con los socialistas en el poder, muchos creyeron que los militares golpistas se iban a pudrir en la cárcel puesto que se tenía una imagen de la izquierda contraria a todo lo militar y conservador, claro está. Sin embargo, no solo se redujeron notablemente las penas (en muchos casos, el Tribunal Supremo las aumentó tras el recurso interpuesto por varios estamentos, pero la verdad es que ninguna se cumpliría en su totalidad, salvo las muy cortas) sino que además se da la circunstancia sospechosa de la desaparición de las cintas que grabaron las conversaciones entre Tejero, Alfonso Armada y otras instancias militares. Todo muy extraño, a no ser que no fuera recomendable para la estabilidad actual del País que se conociera el contenido íntegro de esas conversaciones, todavía hoy, ya en pleno siglo XXI, con muchos de los implicados aún vivos.
Sería necesario un verdadero trabajo exhaustivo de investigación, así como conseguir que actores principales de aquel suceso hablaran de una vez y de manera sincera. En principio, no debiera haber ya motivos para temer por la estabilidad del Estado… ¿o tal vez sí? ¿Hay alguna institución que pudiera verse afectada en la actualidad si saliera la verdad de cuánto ocurrió? Mientras no se revelen esas fuentes, seguiremos confiando en las instituciones democráticas españolas. La propia monarquía, cabeza visible del Estado, ha demostrado ser la mejor representación diplomática española y eso que no se ha librado de los escándalos de corrupción que ha salpicado a alguno de los miembros de la familia real.
Esperemos que, una vez más, el estudio y análisis de nuestro pasado sirva para evitar males futuros y nos recuerde en nuestro convulsivo presente que el ruido de sables es Historia y que existen mecanismos democráticos muy eficaces para solucionar los problemas de un País. Las Fuerzas Armadas españolas y en concreto la Guardia Civil, como Fuerza de Seguridad, realizan una labor de innegable servicio público y garantes de la democracia, una herramienta imprescindible en la España actual para salvaguardar la paz y la solidaridad.
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