Jordi Évole, el nieto del alcalde republicano que desarma a los poderosos escuchándolos

De guionista en una tele local a ganar tres Premios Ondas y ser considerado el Michael Moore español por el New York Times. Tiene una productora con 30 empleados. Su programa es uno de los más rentables de La Sexta. Es primo de Jordi Hurtado. Salvó a Thais Villas de ser teleoperadora de Airtel. Yo le vendí un coche hace 11 años…

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Por David López Frías

Cuando me propusieron hacer un reportaje sobre Jordi Évole, me interesó de inmediato por varios motivos. El principal era que yo una vez le vendí un coche.

Aunque he contado esa anécdota mil veces en mi vida, no es del todo cierta. Era verano de 2005 y yo compaginaba mi trabajo de fin de semana redactando crónicas de fútbol regional con otro de comercial en un concesionario de coches de La Verneda (Barcelona). Évole nos compró un Volkswagen New Beetle azul marino. Cada vez que alguien conocido adquiría un vehículo allí, le hacían una foto que publicaban en la revista corporativa de la empresa. Como yo me dedicaba a escribir, me encargaron un texto “para explicar que le hemos vendido un coche al Follonero” me explicó mi jefe. Y eso hicimos. Una foto, cuatro líneas y la entrega del Escarabajo. Es decir: yo no negocié la operación ni cobré aquella comisión, pero estuve presente durante la entrega, que también es parte de la venta y acaba siendo lo más pesado del trabajo de un comercial.

Durante la elaboración de este perfil, la pregunta que más me he repetido ha sido: “¿Qué se habrá hecho de ese coche?”. Puede parecer una tontería, pero yo entiendo que es un elemento sintomático: cuando yo lo conocí, Évole sólo era el guionista de un programa de humor que tenía cierta fama en Cataluña.

Estrella de la Tele

Ahora es una de las grandes estrellas de la televisión española y uno de los periodistas más laureados e influyentes del país. Ha ganado 3 premios Ondas. El New York Times lo compara con el cineasta Michael Moore. Su programa ‘Salvados’ se ha convertido en la joya de la corona de La Sexta. Es habitual verlo liderar el ranking de audiencia de una franja tan difícil como el prime time del domingo. Para un anunciante, poner publicidad durante el programa es la segunda opción más cara que ofrece la cadena, después de ‘Pesadilla en la cocina’, de Chicote. El coste puede oscilar entre los 60.000 y los 190.000 euros. “Es un programa muy rentable para la cadena”, reconocen desde el departamento de Publicidad de Atresmedia. Por eso, durante la elaboración de este perfil, me he estado imaginando a un Évole convertido en Rey Midas, que había destrozado a golpes aquel viejo Escarabajo y ahora viaja a bordo de un Aston Martin.

Me lo he estado imaginando porque, durante todo el proceso, llegar a Évole me ha resultado prácticamente imposible. No así a su entorno, que me ha facilitado mucho el trabajo. Desde su productora me han dado todo tipo de datos y contactos para que yo vaya trabajando en el reportaje. Pero hablar con Évole ha sido una quimera. “Jordi está rodando en Cuenca y tiene mala cobertura”, se disculpaba Noemí Agustina. Ella es la responsable de comunicación de Producciones del Barrio, la productora que fundó Évole tras abandonar El Terrat, de Buenafuente.

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El abuelo socialista preso

Aplazando constantemente la entrevista que no llegaba, decidí empezar indagando en sus orígenes. Primera sorpresa: Jordi Évole es primo del hombre más viejo del mundo. O lo que es lo mismo, del presentador Jordi Hurtado. No es una leyenda urbana. Ambos tienen sus orígenes en un pueblo de la provincia de Cáceres llamado Garrovillas de Alconétar. El padre de Hurtado y el abuelo de Évole eran primos.

Ese abuelo, Pedro Évole Macías, fue el último alcalde socialista de Garrovillas entre 1932 y 1934. Un libro sobre ilustres de su pueblo lo recuerda como el alcalde que intentó imponer un impuesto de cien pesetas al toque de campanas de la iglesia. Con la derecha en el poder, fue destituido de su puesto por haber autorizado una manifestación de jóvenes socialistas. Fue detenido tras el golpe de estado, pero su causa se archivó en 1937. Cuando las cosas se pusieron feas, emigró en uno de los trenes de la diáspora que llevaron a miles de andaluces y extremeños a Barcelona. Allí vivió el resto de sus días.

Pedro Évole fue el periodista pionero de la familia. Lector voraz, colaboró de forma esporádica con algunas publicaciones de la época. Y esa vocación la heredaría su hijo Gonzalo, padre de Jordi. Aunque nunca ejerció profesionalmente, Gonzalo siempre desarrolló una activa labor como cronista de Cornellà, la ciudad que acogió a los Évole.

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Periodista desde la cuna

Y el tercero en la línea fue Jordi, que desde que tuvo uso de razón supo que iba a ser periodista. “Era el único de la clase que tenía claro qué quería ser de mayor”, recuerda Fran Valle, uno de sus mejores amigos de la infancia. Fran ahora es Mosso d’Esquadra, pero alguna vez tuvo que acabar ejerciendo de periodista improvisado con Évole. “Con 14 años nos escapamos hasta Tarragona para ir a ver la Vuelta Ciclista. Jordi le puso una pegatina de Catalunya Radio al micro y nos pusimos a entrevistar a los corredores en la línea de meta. Hablamos con Perico, con Laguía… Cuando volvimos, Jordi se lo explicó emocionado a su padre, que a cambio le echó una buena bronca porque los dos críos nos habíamos escapado 100 kilómetros sin avisar”.

Évole estudió Comunicación Audiovisual en la Universidad Autónoma. Allí entabló una estrecha amistad con la actual reportera de El Intermedio Thais Villas y con el realizador de Informe Robinson, Román Escoda, que apunta que Évole ya destacaba por su carisma: “En Navidad montamos una fiesta en la facultad para pagarnos el viaje de fin de curso. Para promocionarlo, Jordi se vistió de Papá Noel con un traje que le quedaba cien tallas grande; lo metimos en un carro del Pryca y lo paseamos por el campus mientras él gritaba “Jou, jou, jou”.

Escoda recuerda que “la gracia de Évole era que se sabía el nombre de todos los jefes de sección de todos los periódicos, de los presentadores de todos los programas de la radio. Le empezábamos preguntando por este, por el otro, como un juego… y acabábamos preguntándole por el nombre del ministro del Interior de Indonesia, que obviamente se inventaba, por la risa”.

Salvada… de la telefonía

Thais Villas recuerda que a ella, el presentador de “Salvados” la ‘salvó’ de convertirse en teleoperadora de Airtel. “Yo había acabado la carrera pero no encontraba trabajo de lo mío, como pasa ahora. Como tenía que trabajar, me estaba preparando para ser operadora, de las que te llaman a casa por si quieres cambiar de línea. Ya estaba casi dentro, que recuerdo que me había tenido que estudiar unos libros enormes y todo. Pero entonces me llamó Jordi. Trabajaba en informativos de un canal local llamado Viladecans TV. Me dijo que buscaban a una persona. Fui, me entrevistaron y me quedé”.

Viladecans TV es uno de los elementos más fascinantes de esta historia. Se trataba de una especie de experimento low-cost de canal municipal, que se acabó convirtiendo en una prolífica cantera de periodistas. “La redacción era un piso y las reuniones las hacíamos en la cocina”, recuerda Thais Villas. A pesar de los limitados recursos del canal, de aquel canal salió Évole, Thais Villas, la presentadora Samanta Villar, el director Joan González o gran parte del actual equipo técnico de ‘Salvados’.

“Fue un canal en el que hicimos lo que quisimos, innovamos, nos lo pasamos muy bien”, explica Thais Villas, “aunque encontrar noticias en un pueblo muchas veces es un acontecimiento. Recuerdo que una tarde habíamos visto humo y un fuerte olor a quemado. Salió Jordi como loco en busca de la noticia y cuando volvió nos dijo que a una señora se le habían quemado las lentejas”.

Conexión Buenafuente

Durante la confección de este reportaje, una de las cosas que me han llamado la atención es que nadie me ha dicho una sola palabra mala de Évole. En cierto modo me ha llegado a mosquear, porque a mí me han encargado un perfil, no una hagiografía. Pero ha resultado imposible. Lo que más parecido ha sido intentar que Andreu Buenafuente participe en el artículo. Se lo propuse por Whatsapp pero no me ha contestado.

A Andreu le debe Évole su fama. Llegó a trabajar en El Terrat tras varias aventuras por canales y radios locales. Con Buenafuente empezó como guionista. Se encargaba de los guiones de un personaje llamado Palomino, que era una imitación del mítico Bernardo Cortés (el de “Me gusta cuando bala la ovejita”). Évole fue dotando al personaje cada vez de un pensamiento político más crítico.

Acabó dando el salto al otro lado de la pantalla casi por casualidad. Cuentan que un día estaban ensayando un programa y José Corbacho empezó a criticar desde la grada. Aquello les dio la idea de incorporar a un personaje que se sentase en el público y se quejase del programa. Había nacido ‘El Follonero’ y vieron en el sarcasmo y la pose de Évole al candidato ideal.

‘El Follonero’ pronto se hizo famoso en Cataluña con su humor socarrón y sus salidas de tono, pero su popularidad se disparó en un programa de Buenafuente al que había ido a actuar Jarabe de Palo. Évole interrumpió la canción a voces desde la grada para recriminarle a Pau Donés que llevase “cuarenta años haciendo la misma canción. ‘Depende’, ‘Bonito’. (…) En vez de Jarabe de Palo son Jarabe del mismo palo”.

Ese personaje le acompañó durante los años siguientes, en los que entre bambalinas pasó de guionista a coordinador del equipo de guión, y luego a subdirector, justo un puesto por debajo de Buenafuente. “El día que debutaba como subdirector se murió mi madre” relata Marga Baró, periodista, y excompañera de Évole en Viladecans TV, “y en lugar de ir al estreno del programa, estuvo conmigo apoyándome”.

Yo sigo sin encontrar a nadie que me hable mal de este tío.

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Del humor gamberro a las amenazas

Es jueves por la tarde y Jordi debe de seguir en Cuenca, porque Noemí Agustina me confiesa que no le ha visto el pelo en todo el día. Ella es una de sus personas de confianza y parte de una especie de lobby de raíces extremeñas que siempre ha acompañado a Évole en su vida profesional. El origen de su familia está en Garrovillas, el de José Corbacho en Zarza de Alange (Badajoz) y el de Noemí Agustina en Almoharín (Cáceres). Agustina es una de las personas a las que Évole se llevó del programa de Buenafuente para hacer su gran proyecto: ‘Salvados’. 

El programa, que arrancó en 2008 bajo la producción de El Terrat, ha mutado mucho desde sus inicios. En su origen se trataba de un espacio más humorístico que informativo. Cada episodio era temático y llevaba la coletilla del tema que se abordaba en cada entrega cada entrega: Salvados por la campaña [electoral], Salvados por la iglesia, Salvados por la Eurocopa… Aquel formato mezclaba el reportaje y el humor gamberro y provocador. Évole se hacía pasar por monaguillo, se infiltraba en eventos a los que nadie lo había invitado, molestaba con preguntas incómodas en ruedas de prensa, se inventaba a una falsa premiada de la lotería que había metido el décimo en la lavadora o iba proponiendo un lehendakari negro por las plazas de Euskadi.

Aquella forma de trabajar le llegó a comportar amenazas, como la de la Falange, que emitió un comunicado para protestar porque Évole había depositado una corona de flores con la bandera republicana en la tumba de Franco, con motivo de un programa de la segunda temporada sobre el Valle de los Caídos.

Llegan los premios

En la segunda temporada, ‘Salvados’ abandonó la coletilla del título y se convirtió en un programa variado, conformado por siete secciones. Y en la tercera volvió a ser un espacio monotemático, cada vez con más carga política y menos componente humorístico. Abordó en primicia temas como el accidente del Metro de Valencia, que le valió el Ondas 2013 a la mejor cobertura informativa y el Premio Iris 2014 al mejor programa documental. 

Al año siguiente, Évole le dijo adiós a Buenafuente. Decidió llevarse a su equipo y montar su propia empresa: Producciones del barrio, que tiene 30 trabajadores. Un duro golpe para El Terrat, que había atravesado una mala época e incluso tuvo que hacer un ERE. Ahora, la marcha de Évole le hacía perder uno de sus productos estrella. Y es que ‘Salvados’ se había convertido en el jugador franquicia de la productora.

El meteórico ascenso de ‘Salvados’ tras los sucesivos cambios de formato lo ilustran las cifras de audiencia: de lo 885.000 espectadores de media de su primera temporada, donde promedió un 5,2% de share de audiencia, a los más de 4 millones de televidentes de su entrevista con Pedro Sánchez del pasado 30 de octubre, que marcó el récord absoluto del programa llevándose el 20,1% de la audiencia del domingo noche, superando a ‘OT, el reencuentro’. Évole se ha convertido en un referente de las entrevistas políticas en España: por su programa han pasado los 4 candidatos a las últimas elecciones.

La clave del éxito

¿Cuál es la clave de su éxito? Su excompañero Román Escoda apunta a “su manera de abordar a las personas. Él es tal cual se muestra en la tele. Este es el auténtico Jordi y no ‘El Follonero’, que era un personaje. Jordi sabe escuchar, hace que te sientas cómodo, para sacar el máximo del invitado”. Thais Villas apunta también la importancia de salir en ‘Salvados’: “Influye bastante el ego de los entrevistados. Algunos van allí a probarse, a ver si pueden salir airosos de un cara a cara con Jordi”. Su amiga Marga Baró añade otra clave: “Viene de Viladecans TV, donde todos éramos Juan Palomo. Teníamos que hacer de redactores, presentadores y cámaras. Eso le ha dado una visión más amplia para un programa. Por eso cuida tanto aspectos como la fotografía”. El gran factor coincidente para todos los entrevistados es el humor

Jordi sigue en Cuenca

Bien, es viernes, yo tengo que entregar el reportaje y Jordi no ha dado señales de vida. “Este señor se ha perdido en Cuenca”, pienso. Yo tengo un montón de testimonios que me cuentan que lo mejor de Jordi es su humanidad, su cercanía, lo humilde que sigue siendo, que no se le ha subido el éxito de la cabeza, que sigue con su novia de toda la vida, una fotógrafa llamada Ester que conoció en la universidad y con la que tiene un hijo de 10 años llamado Diego, que sigue relacionándose con sus amigos de la infancia.

Yo sigo pensando que aunque sea muy humilde, seguro que se ha comprado un cochazo.

Por otra parte, lo más parecido a una crítica que he encontrado viene del Ayuntamiento de Garrovillas, el pueblo de su abuelo, donde el recepcionista me cuenta que una asociación local defensora de la naturaleza le entregó una vez un premio y él mandó a otra persona a recogerlo.

A media tarde, Noemí me da la mala noticia: Évole está muy ocupado y no me va a poder atender. Yo lo que creo es que al gran capo del periodismo español no le apetece hablar conmigo. No me conformo. Hago un par de trampas, pido un par de favores y consigo su teléfono directo.

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Cinco minutos con Évole

Lo llamo y me contesta casi en susurros. Lo pillo en mitad de una reunión. Efectivamente, no me podía atender porque estaba muy ocupado. Le pido disculpas y me emplaza a que lo llame en media hora. Por fin consigo hablar con él contra el reloj. Recuerdo que su último programa, en el que entrevistaba al presidente del grupo Prisa, se llama ‘Una hora con Cebrián’, pero que yo sólo voy a disponer de ‘5 minutos con Évole’ y pienso en titular así mi reportaje.

Es una charla express después de haberle interrumpido una reunión, pero conmigo se muestra afable y encantador. Se disculpa por su apretada agenda y me cuenta cosas interesantes, como que las entrevistas que se le resisten son con José María Aznar o con alguien de la Casa real. Que se arrepiente de algunos de los enfoques de algunos programas de ‘Salvados’ (sin entrar a valorar cuales) y que el programa más difícil que ha hecho es aquel que no ha salido. “Nos ha pasado algunas veces. Hemos tenido que cancelar un rodaje con medio programa ya grabado porque nos hemos dado cuenta de que esa piscina no tenía agua”.

A fuerza de hacer entrevistas comprometidas, ha aprendido a zafarse bien. Cuando le pregunto por lo que cobra o lo que paga La Sexta a su productora por cada programa, me tira una gambeta y me sale por la izquierda: “Yo he delegado los temas empresariales en la gente que se encarga de eso y no sé nada. Mi único objetivo es que estén todos contentos y creo que lo están”.

Justo antes de colgar, no puedo aguantarme más y se lo suelto: “Oye Jordi, es una tontería pero mira… yo una vez te vendi un coche. Bueno, no es exactamente así…” Le cuento la historia y por fin disparo:

  • – ¿Qué has hecho con ese viejo Volkswagen?
  • – ¿El New Beetle? ¡Hombre, si es mi coche! Aún lo tengo.
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