Cuando Antonio Machín cantaba ‘Angelitos negros’

Han pasado muchos años. Pero el bolero no ha muerto. Y quien nos lo trajo a España, a poco de terminar la guerra civil, fue un cubano descendiente de padre gallego, llamado Antonio Machín. Han transcurrido ahora, exactamente, treinta y ocho años de su muerte. Pero sus canciones están en la memoria, aún, de muchos de nosotros. Todavía se escucha a alguien cuando quiere referirse a quien tiene “el baile de San Vito” y no para de cimbrear su cintura: “¡Te mueves más que las maracas de Antonio Machín!”…

Por Manuel Román

Y es que el intérprete, nacido en Sagua la Grande el 8 de febrero de 1903, no puede ser evocado sin el acompañamiento de las maracas, un instrumento artesanal que él mismo, cuando le pregunté cómo se fabricaban, me lo contó así: “Se hacen de una fruta silvestre llamada güira, que tiene comida dentro y sirve para una tisana. Se vacían, se llenan de arena y se entierran. A los veinte días se les pone un palito, unos perdigones dentro o unos trozos de madera. Y ya hay maracas. Yo tengo dos, nada más. “Las abuelas”, como yo las llamo. Las poseo desde hace más de cuarenta años”.

Era Antonio Machín un ser celoso a la hora de contar su edad; incluso omitía la fecha exacta de su venida al mundo, que es la que hemos indicado, por mucho que en algunas biografías publicadas, incluso alguna nuestra, señale la del 17 de enero. Del año, no hay duda: el ya dicho. Todo ese equívoco obedece a que celebraba en familia esa fecha la de su cumpleaños. ¿Por qué? Muy posiblemente, aunque él no lo aclarara nunca, a que tal día es el de la festividad de San Antonio Abad. Le tendría más devoción que al de Padua. Porque había sido inscrito con tal doble apelativo, con los apellidos Lugo Machín. Su padre era un gallego de Orense; campesino que emigró a Cuba casándose con una mujer de raza negra. Tuvieron dieciséis hijos.

Para no perdernos en recovecos de su modesto pasado, digamos que el triunfo de Antonio Machín como cantante se produjo, antes de arribar a España, en Nueva York, a finales de los años 20. Que revalidó en las más importantes capitales europeas, dando a conocer el célebre tema de Moisés Simón “El manisero”. Cuando visitó por primera vez nuestro país para quedarse ya siempre, fue a finales del verano de 1939, huyendo de los vientos bélicos que azotaban la capital francesa, en vísperas de ser invadida por las tropas de Hitler. Penurias pasó en los primeros meses, tras haber vivido unos años ganando mucho dinero y compartiendo unos cuantos amores, porque era un seductor nato que las enamoraba con la voluptuosa cadencia del son cubano y el romanticismo del bolero. No teniendo dinero para comer y siendo un perfecto desconocido llegó a cantar gratis, subiéndose de repente al escenario de una sala de fiestas madrileña que había en la plaza de Tirso de Molina, lo que hoy es el teatro Nuevo Apolo, llamada “Conga”.

En 1942, actuando en Sevilla, se enamoró de una rubia modistilla llamada María de los Ángeles Rodríguez. Ser negro en aquella época resultaba chocante en la España nacional y los padres de la muchacha, reticentes al principio, acabaron aprobando a los pocos meses la boda de la pareja. En la primera mitad de los años 40 las canciones se popularizaban a través de los discos dedicados en los programas radiofónicos.

Y la voz de Antonio Machín se hizo familiar en todos los hogares españoles. Entre otros títulos, estos fueron sus primeros éxitos a ritmo de bolero: “Aquellos ojos verdes”, “Siempre estamos discutiendo”, “Anoche hablé con la luna”, “Mira que eres linda”, “El huerfanito”, “Espérame en el cielo”… Pero hubo tres temas que nunca pudo retirar de su repertorio durante tres decenios: “Dos gardenias” “Angelitos negros” y “Madrecita”.

La fama de Antonio Machín se extendió por toda España. De las salas de fiesta nocturnas saltó a los teatros, con una compañía propia. Ganó millones. Y la envidia, la maledicencia de quien no soportaba su notoriedad fue causa de que sobre el cantante de color se disparara la especie de que su mujer hubiera alumbrado un hijo negro. Lo cual, genéticamente, era posible. Pero falso, porque Angelines nunca fue madre. La pareja adoptaría tiempo después una niña, María José.

Peor, si así puede considerarse, resultó la faena de quien enviaba diariamente una carta al hotel barcelonés en el que se alojaba el matrimonio Machín, durante la temporada teatral que desarrollaba en la Ciudad Condal. Anónimos dirigidos a su esposa, advirtiéndole que Antonio la engañaba con otra. Hubo de intervenir la Policía hasta que se averiguó que la autora de aquellos infamantes escritos era… una contumaz admiradora del ídolo que pretendía, por lo visto ilusoriamente, conquistarlo.

Antonio Machín vivió años de gloria, con una elevada cuenta corriente, hasta que le llegaron algunos reveses: una gira fuera de España en la que le engañó un empresario; el negocio fallido de una cafetería a su nombre a espaldas del Museo de Bebidas de Perico Chicote de la madrileña Gran Vía, por un encargado sin escrúpulos que lo engañó, y sobre todo la irrupción de la época ye-yé, de unas modas musicales que aparentemente lo dejaron arrinconado.

Pero no se arredró y logró conquistar a las nuevas generaciones con sus mismos boleros previamente adornados con atractivos arreglos rítmicos, y con la adaptación de algunas otras melodías de moda. Así es que, mediados los años 60 y hasta comienzos de los 70 Antonio Machín continuaba siendo un cantante de éxito… para los hijos o tal vez nietos de quienes habían escuchado sus estrenos en los años complicados de la postguerra.

Lo entrevisté varias veces. Recuerdo visitarlo en su confortable casa de la entonces calle del General Mola (hoy Príncipe de Vergara), junto al edificio de los antiguos estudios cinematográficos Roptence. Allí comprobé cómo Antonio se desvivía por su esposa, que había perdido el habla y buena parte de sus movimientos a consecuencia de una trombosis. Él me confió: “Mientras yo viva seguiré trabajando para que a ella no le falte nada”. Y eso me llevó al estribillo de uno de los boleros que tantas veces interpretó: “Toda una vida”. Aquel que reza: “Toda una vida / te estaría cuidando / como cuido mi vida / que la vivo por ti”.

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