‘Bellesguard’ : el castillo de Gaudí

El historiador Josep Maria Vall revela en un libro la historia desconocida de la torre de Bellesguard, la que fuera residencia del rey Martí l’Humà y sede de conspiraciones..

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En Bellesguard y sus jardines se ha escrito buena parte de la historia de Cataluña, aunque sea prácticamente desconocida. Atalaya romana de vigilancia de la Via Augusta (y antes de eso, probable asentamiento íbero); residencia de Martí Il’Humà, último monarca de la corte catalana (con boda real incluida); parador semejante al Parnaso durante el siglo XVII e idílico edén en el que se representaron obras de teatro y se celebraron veladas literarias; lugar de reunión clandestino de los intelectuales de la Acadèmia dels Desconfiats, que tramaban conspiraciones antiborbónicas que desembocarían en el alzamiento contra Felipe V; fortificación militar durante el sitio de la Guerra de Secesión (1640-1652); decadentes y románticas ruinas medievales que inspiraron poemas (De Bellesguard li resten perfums, escribió Jacint Verdaguer); merendero de domingo en el XIX; casa de campo en la que se estableció la congregación de las Germanes Oblates del Santíssim Redemptor; asilo y campus universitario a finales del siglo XX… Y gracias a la arquitectura de Antoni Gaudí, que alzó un castillo neomedieval recordando el periodo de esplendor de Martí l’Humà, el símbolo de Bellesguard sigue vivo.

El historiador Josep Maria Vall acaba de publicar el libro Bellesguard. De la residència de Martí l’Humà a la torre de Gaudí (Duxelm Editorial) antes de presentar una tesis doctoral en la que resucita la ignota y apasionante historia del lugar. «Recientemente se han encontrado fragmentos de cerámica romana sigillata del siglo III d.C. que hacen suponer la existencia de un praesidium (torre defensiva) de época imperial. Tampoco es osado pensar en un posible asentamiento anterior a los layetanos, el pueblo íbero que ocupó las costas del Maresme antes de la colonización romana», explica Vall, que abre nuevas vías de investigación sobre este enclave estratégico de Barcelona. Pero en su libro, el historiador se centra en la época de esplendor del siglo XV, la de Bellesguard como residencial real, por la que transitó la nobleza de la época, obispos y cardenales. «La torre fue el testimonio de los últimos años de la dinastía real de la casa de Barcelona», destaca. Y recuerda que fue Martí l’Humà quien bautizó el castillo en la montaña de Collserola, con impresionantes vistas al Mediterráneo, como Bellesguard.

Desde una tribuna orientada al mar, el monarca observaba los navíos que llegaban con noticias de sus reinos en Sicilia y Sardenya y que tan funestas nuevas le trajeron: su hijo Martí el Jove conquistó a los sardos en la batalla de Sanluri pero en 1409 falleció de malaria. El rey humanista -«a quien le debemos la monumentalidad de Ciutat Vella», apunta Vall- pasó sus dos últimos años de vida (1408-1410) retirado en Bellesguard, a pesar de los convulsos vaivenes políticos y económicos. Y trató (sin éxito) de engendrar un nuevo heredero: por eso contrajo segundas nupcias con la joven Margarita de Prades, de 21 años (el rey, de complexión obesa, tenía 51 años).

Josep Maria Vall traza la historia de Bellesguard deteniéndose en momentos cruciales como la época de Joan de Gualbes– que pasó a la historia como el Rector de Bellesguard- quien restauró la edificación medieval y devolvió el esplendor a sus jardines, en los que organizó tertulias, recitales de poesía y reuniones conspiratorias para derrocar a los borbones antes de la Guerra dels Segadors. Luego vendrían los saqueos y largas décadas de decadencia. Hasta que llegó Gaudí. En 1900 su amigo Joan Figueres le encargó una casa en los terrenos que acababa de heredar.

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«La torre de Bellesguard del rey Martí era una finca inmensa. Gaudí, buen conocedor de la historia, construyó en el mismo terreno un edificio de nueva planta que evoca el estilo gótico. Y por los mosaicos de los bancos podemos pensar que Gaudí sabía, o al menos intuía, el pasado romano del lugar», explica Vall mientras señala unos preciosistas bancos de cerámica que representan la montaña de Montserrat, un navío y un pez con corona y las cuatro barras de la senyera. El conjunto del edificio está plagado de simbolismo sobre una piel de piedra extraída de la montaña de Collserola y que presenta un sutil cromatismo de tonos verdes, marrones y ocres, dependiendo de la incidencia solar.

Gaudí también restauró un trozo de muralla medieval y dos torreones de acceso a la finca, dándole un aire de auténtico castillo. «Éste es uno de los edificios más importantes, poco conocidos y originales de Barcelona», reivindica Vall. Y para entender esa singular obra de Gaudí -el porqué de la cruz, las fechas, los símbolos- hay que remontarse a una historia que empieza con Barcino y sigue con el reinado de Martí l’Humà.

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La Torre Bellesguard es de propiedad en la actualidad de la familia Guilera, que continua habitando una parte de la casa. Se realizan visitas auto-guiadas como reclamo turístico. Fue también el lugar donde Serrallonga, uno de los bandoleros más famosos de Cataluña, se escondía después de actuar en la ciudad. Por su posición estratégica y sus maravillosas vistas la finca recibió el nombre de Bellesguard, en catalán “Buena vista” o “buen resguardo”.

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