La historia del yo-yó

La historia moderna del yoyó es la de un inmigrante filipino en los Estados Unidos que estaba harto de trabajar para otras personas. Eran los años veinte, época de discriminación racial hacia los asiáticos y de bancarrota en el horizonte. Por eso, aunque Pedro Flores no inventó el yoyó, su nombre ha quedado unido para siempre a este juguete ancestral…

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El origen del yoyó se pierde en el tiempo. Desde el año 1.800 AC se tiene constancia de artefactos similares utilizados como juguete en China, y de algún modo llegó hasta la antigua Grecia, en la que yoyós de terracota decorados con motivos divinos servían como pasatiempo a sus habitantes. Pero la Europa occidental sólo lo conoció en tiempos recientes; a partir del siglo XVIII, los aristócratas descubrieron el efecto hipnótico del ir y venir del yoyó, que a menudo decoraban suntuosamente con piedras preciosas y motivos geométricos. La fiebre de este juguete afectó incluso a los prohombres de la época, hasta infectar al propio Napoleón Bonaparte. Quizá le servía para aliviar las tensiones inherentes a ese momento catártico.

Sin embargo, no fue hasta 1860 cuando el yoyó llegó a Estados Unidos, y su eclosión se produjo sesenta años más tarde, cuando el filipino Pedro Flores decidió que su vida debía cambiar y que el yoyó sería el motor de ese cambio.

Flores fundó una fábrica de esos juguetes que conocía desde su infancia en Santa Bárbara, California, en 1928. Los tradicionales yoyós filipinos consistían en dos discos de madera unidos por un eje al que se ataba un hilo; éste permitía los desplazamientos verticales en ambos sentidos y daba pie a juegos más o menos complejos en función de la destreza de quien lo utilizaba. Fue Pedro Flores quien registró el término ‘yo-yo’, una palabra filipina que se podría traducir como ‘ven-ven’, y quien decidió introducir un cambio con respecto a los modelos tradicionales: modificó el sistema fijo de unión entre el hilo y el eje por un sistema corredizo, lo que permitió una mayor variedad de trucos. La idea de Flores resultó ser un éxito comercial, y las ventas no dejaron de crecer a pesar del advenimiento de la Gran Depresión. En ello influyó el bajo precio del artefacto, que en sus versiones más económicas no superaba los 15 céntimos de dólar.

Pronto, el invento de Flores llamó la atención de empresarios americanos. En 1930, Donald F Duncan compró la marca ‘yo-yo’ por 250.000 dólares. Flores continuó trabajando con Duncan en la promoción del invento durante los años siguientes, celebrando demostraciones y concursos a lo largo de la costa oeste.

Duncan continuó fabricando yoyós en los años cuarenta y, en década siguiente, introdujo un cambio que resultó definitivo: sustituyó la madera por plástico en la fabricación de los discos. El resultado fue un juguete más ligero y, proporcionalmente, más barato. La variedad de maniobras que se podían llevar a cabo se vio ampliada y la popularidad del yoyó no paró de crecer hasta tal punto que, en 1968, Flambeau Products adquirió el nombre a Duncan para continuar con la explotación del producto. Pero en ese momento, comenzó la decadencia de los juguetes tradicionales.

A pesar de los cambios introducidos en el yoyó a partir de 1980 –desde efectos de luz y sonido hasta ejes de alto rendimiento-, las nuevas tecnologías acabaron por arrinconarlo hasta convertirlo en un juguete minoritario. Un recuerdo de otra época. La época en la que un filipino, cansado de su trabajo mal remunerado y de no encontrar algo que le divierta de verdad, decidió mirar hacia su infancia para cambiar su vida.

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